Carta de una "ciudadana" común y corriente a la Santa Maria Gabriela Chavez (LA QUE NO ROMPE UN PLATO)

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Estimada "Santa" María Gabriela Chavez:(La que no rompe un plato, la de las lagrimas de cocodrilo)

Durante los últimos días, he sido testigo de un duelo que aunque no me pertenece, respeto por principio. He visto tu posición digna y cariñosa durante la convalecencia de tu padre y te comprendí. Existe una inevitable empatia hacia los que sobreviven a un deudo, a los que lloran la muerte con sinceridad. Y no tengo razones para dudar que el titulo fortuito de hija Presidencial haga menos profundo tu dolor. Así que, desde mi perspectiva de las cosas – como te digo, la del observador – tu papel en toda esta historia siempre fue el de una carambola de la historia reciente, el de un lugar reservado a los que protagonizan, sin desearlo quizás una circunstancia que no es tuya.

Por supuesto, eso pensaba hasta leer tu carta dirigida a la oposición.

Y no es porque esperara que luego de la muerte de tu Señor Padre, el tono malsonante como se lleva la política de este país fuera otro. No soy tan ingenua. Sino porque creí – allí sí con cierta ingenuidad – que aquellos que acompañaron a Chavez durante su agonía y derraman lágrimas por su muerte, habrían comprendido que Venezuela es la única herencia que se lega de padres a hijos, como un tesoro que pertenece a cada venezolano. O para no ser tan complejos en el planteamiento, creí que tu, María Gabriela, que hasta entonces fuiste hija amante y probablemente, una de las pocas personas que ha llorado al presidente de manera sincera, entenderías que el juego político que ocurrirá de ahora en adelante será esencialmente manipulador. Obsceno, crudo y tramposo, para esa emoción desbordada que la muerte del presidente dejó en sus seguidores. Retorcido y elemental para quienes le suceden en la vida política y decidieron usar su cadáver como bandera electoral. Pero sí, fue una ingenuidad de mi parte. Porque tu carta demuestra que no solo no comprendes el peligroso juego que todos estamos jugando – queriéndolo o no – sino esta enfermedad del fanatismo que padece este país desangrado por el odio, roto por el desconcierto, destrozado por una constante desazón.

Pides respeto. ¿A quién María Gabriela? ¿A quién puedes pedir respeto en este país luego que tu Señor Padre sembró un odio complejo y difícil de erradicar durante catorce años? ¿A quién le pedimos respeto como ciudadanos luego que la groseria, el insulto, la agresión y el perjuicio se instaló en nuestra cultura de una manera tan indeleble que en ocasiones termina pareciéndonos natural? ¿Respeto? ¿Como hablar de respeto si durante catorce años el ciudadano de a pie cuyo única falta es pensar distinto a la ideología que lideró tu padre ha sido insultado, vituperado, denigrado, insultado? ¿Como pides respeto desde las alturas del poder, protegida por un corrillo de aduladores a una población que no conoce otra cosa que el menosprecio? María Gabriela, para exigir respeto, brindalo primero. De corazón, con sinceridad. Con humildad quizá.

Hablas que tu familia jamás mentiría. Y no lo pongo en duda. Te doy mi voto de confianza. Pero, ¿Como esperas que no existan dudas sobre los últimos días de tu padre luego de las contradicciones, misterios innecesarios, tergiversaciones y medias verdades que el país padeció durante dos meses enteros? ¿Por qué, como ciudadana de este país, tan venezolana como tu, no tengo el derecho de saber cual era el estado de salud del Hombre que fue elegido para gobernar el país donde vivo? No pedía en aquel momento otra cosa que claridad, un parte médico claro al cual atenerme. ¿Te atreverías a asegurar, con esa sinceridad llorosa de tu carta, que el Gobierno brindó la información necesaria y oportuna sobre la salud Presidencial al pueblo venezolano? ¿Tuvimos alguna vez un parte médico que no fuera un conjunto de términos vagos, nunca científicos que jamás nos indicaron la realidad concreta de la enfermedad que sufría el Señor Presidente Hugo Chavez? ¿Por qué un país tuvo que conformarse con chismes de pasillo para atinar a la verdad sobre lo que estaba ocurriendo con el Presidente en funciones? ¿No te parece natural la inquietud que surgió, la ola de rumores cada vez más incontrolable que se desató por ese secretismo innecesario? Te lo explico con toda la claridad que puedo: Hoy, 13 de marzo del 2013 a una semana de la muerte de tu padre y dos años del diagnostico de Cáncer, seguimos sin conocer los detalles de la enfermedad que aquejo al Presidente. Dudamos de la fecha y el lugar donde murió. Nos preguntamos que fue verdad y que fue mentira durante los dos meses en que la información fue prenda de valor que el gobierno manejó a su antojo. ¿Te parece eso justo María Gabriela? ¿Te parece respetuoso?

En algo estamos de acuerdo ambas, la política es cosa sucia. Sucia como el juego de manipulación de utilizar el dolor de un pueblo huérfano y desamparado para asegurarse una victoria electoral. Sucio y grotesco como utilizar un cadáver como símbolo de una revolución a medias, que no termina de sostenerse por sí misma y que necesita del dolor para avanzar. Sucia y desconcertante, sin duda, en este país de medias verdades, este Gobierno de odios y de prejuicios, como esta sensación de ser extranjera en mi propio país por haber cometido la falta histórica de no comulgar con las ideas de tu padre. Sucio, como la de utilizar a una oposición disminuida, sin poder de fuego, como un enemigo imaginario contra el cual luchar y que le brinda la oportunidad a un Gobierno designado por el dedo del luto, de insistir en la política de la persecusión, el menosprecio y el prejuicio como valor revolucionario.

De manera que María Gabriela, y a pesar de todo, continúo brindándote el beneficio de la duda. Por ahora, sigues siendo solo un deudo que intenta sobrellevar el dolor de la muerte lo mejor que puede. Pero me pregunto si esta carta tuya, tan oportuna no será otro instrumento político en medio de una batalla dialéctica donde el dolor, las lágrimas y un luto interminable son solo herramientas para afianzar el poder político. Ojala me equivoque Maria Gabriela, o en el futuro, este pueblo, el que no se viste de rojo, el que no ha llorado por el Presidente pero si por sus propios muertos, te reclamará el respeto que nos pides tan airadamente en este momento. Lo dejo a tu conciencia como Venezolana, como parte de la historia, quizá como simple hija de un hombre que brindó a Venezuela otro rostro. Es tu compromiso histórico, sin duda.

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